jueves, 31 de enero de 2013

Las tres reglas de oro [o "cómo portarse bien"]


Bansky. Graffiti. 
Hace un tiempo escribí un cuento para explicarle a mi hija de 5 años qué era ser buena. Me pareció un menester obligado pues los educadores (padres o profesores) decimos constantemente a los niños: "debes portarte bien", "debes ser bueno".
 Cuando le decimos a un niño "no te portes mal, no seas malo", se sobreentiende que le pedimos que no pegue, mienta, insulte o atente contra las propiedades ajenas... Pero ¿Qué le pedimos realmente cuando le instamos a portarse bien?,  y lo más importante ¿cuál es el significado para un niño/a de ser bueno o portarse bien?, ¿Comportarse de forma sumisa o hacer lo que se les manda papá a la primera? ¿No molestar, ser manejable, ser dócil, subordinarse sin replicar: acaso ser sumiso?
Siempre he creído que "portarse bien", dada su trascendencia, es una formulación demasiado genérica, imprecisa e indefinida. Necesita matices para no resultar tan críptica e interpretativa,  debe precisarse y apoyarse en un firme suelo ético. Ahí deben estar los agentes educativos esenciales: escuela y familia (o viceversa, porque la familia debería ser la segunda escuela y la escuela la segunda familia, como dice Santos Guerra)

Transcribo ahora  un fragmento del cuento que con tanto empeño ilustrador escribí para mi hija. Se trata de un dialogo en el que Jonjolo, el típico monstruo al que se recurre en estos casos para encarnar el mal, habla con Ana, la protagonista. La niña conmina al monstruo a observar dos reglas y respetar la palabra mágica si de verdad quiere ser bueno como dice que pretende
-    Pero Ana, yo soy un monstruo, debo ser malo, asustar. Los monstruos somos así
-    Eso no es cierto. Tú no eres malo, haces cosas malas, que es diferente, pero ¿Sabes?, -le dijo- si queremos, todos podemos cambiar.
Jonjolo, algo más calmado, le contestó:
-    Aunque quisiera cambiar, no podría. Yo no sé distinguir cuándo hago una cosa bien de cuando la hago mal. No me lo han enseñado.
Ana, con cariñosos modales y sonriendo, le dijo:
-    Pero si es muy sencillo. Para actuar correctamente sólo tienes que respetar dos reglas y, recordar una palabra mágica.
-    La primera regla -prosiguió Ana-, consiste en no hacer a los demás lo que no te gusta que te hagan a ti.
-    Entiendo- dijo Jonjolo-. Entonces pegar o burlarse de los otros no debe estar bien porque tampoco me gustaría que me pegasen o me asustasen a mí.
-    Eso es –advirtió Ana mientras cogía al monstruo de su afelpada mano de seis dedos.
-    Y éste, con harta curiosidad, le preguntó:
-    ¿Cuál es la segunda regla para saber si una cosa está bien o está mal hecha?
-    Fácil, -le dijo-. Estará bien todo lo que hagas si con ello no perjudicas a los demás ni te perjudicas a ti mismo.
Jojolo, que parecía entender lo que la niña argumentaba, dijo:
-    Entonces, jugar y compartir mis cosas contigo sería bueno porque a ninguno de los dos nos dañaría.
-    No sólo eso- razonó Ana-. Además de bueno, sería divertido y podríamos llegar a ser amigos. ¿A quién no le gustaría tener como amigo a un monstruo bueno como tú¿
-    ¿Y cuál es la palabra mágica, Ana?
-    “Empatía”- dijo ella.
-    ¿”Empa” qué?, ¿”Empatía”? - repitió con dificultad Jonjolo.
-    Sí, es la capacidad que tenemos los niños y los monstruos de ponernos en el lugar de los demás y de esa manera ser capaz de entender sus sentimientos. Mira, Jonjolo, cuando hagas sufrir a alguien, ponte en su lugar y piensa cómo te sentirías tú en esa situación-.
-    Y, sin darle un respiro al atento monstruo, terminó su reflexión:
-    ¿Sabes?, de la empatía surge la simpatía, y de la simpatía, nace la amistad. ¿Entiendes ahora la importancia de la palabra mágica?

En eso consiste portare bien, en respetar las dos reglas de oro y la palabra mágica: EMPATÍA.  Si como docente deseas plantearte una empresa ambiciosa, ayuda a que tus estudiantes aprendan a empatizar.  Recuerda que enseñarles el tiro a canasta, les va  a servir, para que en un partido de basket, si les hacen falta personal personal, puedan cobrarse una canasta [esta habilidad técnico-deportiva tiene un valor de dos puntos]. Pero,  ayuda a que tus alumn@s se eduquen en valores como el talante democrático , el respeto a la diferencia, la tolerancia, o la solución dialogada de conflictos. Ayúdales a ser empáticos. Esos aprendizajes son los realmente valiosos porque les van a servir para cada segundo del resto de sus vidas. 
Educar no consiste en otra cosa que educar en valores. Lo mantengo una vez más: Los educadores físicos disponemos del escenario idóneo si sabemos hacer de una clase de EF una oportunidad para que los niños pongan sus músculos y habilidades si, pero también puedan poner su cerebro y su corazón. 
Te propongo aplicarte la auténtica "prueba del algodón" para saber si tu trabajo tiene sentido es hacerse la "triple pregunta": 
"En tus clases: ¿Tus alumnos hacen actividad o ejercicio físico?¿Hacen ejercicio intelectual? Y todo ello: ¿Lo hacen en un contexto ético y afectivo?  
Si la respuesta es un triple sí; puedes estar tranquilo: tu trabajo merece la pena 


3 comentarios:

  1. Jonjolo, qué recuerdos me trae este cuento, me alegro mucho de que por fin te hayas decidido con el blog, la blogosfera mejora con tus reflexiones. Un saludo mestre.
    A ver si nos vemos pronto.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Bueno cuento José, sinceramente estoy de acuerdo con él. En pocas líneas creo que has dado un buena reflexión y a los que venimos por detrás nos servirá. Espero que sigas añadiendo cositas que seguramente nos ayuden y nos sigan formando fuera del aula.
    Un saludo.

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